Un Dios más abstracto y sofisticado
Hoy en día sólo los más fanáticos creen al pie de la letra en las apariciones de la Virgen, en el infierno, en la comunión, en que ciertas acciones sean objetivamente pecados sin importar el contexto, etcétera. Dentro de la gente normal, muy pocos creen realmente todo lo que dice la Iglesia Católica o cualquier otra iglesia cristiana. Esto no significa solo que no vayan a misa o que no respeten la figura del Papa, sino que verdaderamente no comparten la mayor parte de las creencias centrales. Aún reservan la posibilidad de que exista un Ser Superior, pero ni siquiera están seguras de si se trata del Dios clásico, o de si hay una vida después de la muerte, o de si Jesús tuvo algo especial que no tuvieran Buda o Mahoma. Además, prácticamente todo el mundo acepta que si Dios existe, tiene que ser necesariamente compatible con la ciencia. Si realiza milagros o interviene en los asuntos humanos, debe hacerlo de una manera que no viole las leyes físicas. Y así siguiendo con más y más notas al margen, distanciándose de las instituciones y autoridades tradicionales, abandonando de a poco su legado medieval y puliendo la fe desde el sentido común.
Y bien, ¿qué problema hay en creer en un Ser Superior de este estilo, un Dios más abstracto y sofisticado que el clásico de las religiones? Ninguno. De hecho incluso un ateo puede creer en ese Ser Superior que se lleva bien con la ciencia, que va mucho más allá de los límites humanos, que esconde infinitos misterios trascendentes aún sin resolver, y que explica el sentido de nuestra existencia en este mundo. Este Ser Superior se llama “Universo”.
Pero claro, esta respuesta seguramente no es la que la mayoría tendría en mente, ya que habrá dejado por sentado que ese Ser Superior por fuerza debe poseer consciencia, inteligencia y personalidad. He ahí el nudo de la cuestión. Desde ya, un ateo no puede demostrar que ese Ser consciente e inteligente no sea real, y bien podría ser que existiera, ¿por qué no? Sin embargo, a pesar de que este sistema de creencias no tenga las contradicciones grotescas que puede llegar a tener una religión organizada, aún así sigue sin tener ningún peso por sí mismo. Porque del mismo modo que a primera vista carece de contradicciones, también carece de toda prueba de sustento.
Haciendo una analogía, creer en los unicornios tampoco sería incompatible con ninguna evidencia científica ni escondería ninguna contradicción interna. De hecho, a fin de cuentas un unicornio es nada más que un caballo con un cuerno en la frente, y animales mucho más extravagantes existen en la naturaleza. Seguramente a la evolución no le habría resultado difícil producir un unicornio si las condiciones adecuadas se hubieran dado. Pero aún así, ¿creemos en los unicornios sólo por el hecho de que no encierren ninguna contradicción? ¿O para asumir su existencia exigiríamos, además, alguna prueba objetiva, real y contrastable? Y si somos escépticos respecto de algo tan factible como un unicornio, solo porque no hay ninguna prueba que los fundamente, ¿no deberíamos ser infinitamente aún más escépticos respecto de un ser sobrenatural, consciente, inmaterial, omnipresente y absolutamente indetectable?
Y todo esto, en el supuesto de que estemos hablando de un sistema de creencias absolutamente impecable, que no incluya ninguna contradicción. Pero en realidad es improbable que lleguemos a ese punto, porque hay una trampa que es muy difícil de esquivar, incluso en las versiones más sofisticadas de Dios, y es lo que se conoce como “el problema del mal”. Tal como lo resume la célebre cita de Epicuro: “Está dispuesto Dios a prevenir la maldad, pero no puede? Entonces no es omnipotente. ¿Puede hacerlo, pero no está dispuesto? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y además está dispuesto? Entonces, ¿de dónde proviene la maldad? ¿No es él capaz ni tampoco está dispuesto? Entonces, ¿por qué llamarlo Dios?”
En otras palabras, existe mucho sufrimiento en el mundo, y para que una teoría sobre Dios no tenga contradicciones tiene que ser compatible con este hecho. Para eso, necesariamente, hay que quitarle al menos uno de sus atributos clásicos, ya sea su gran poder o su interés la felicidad de los humanos. La cuestión es que una vez que le restamos una de estas cualidades, o ambas, ya queda poco de Dios. Ya no tiene gracia creer en él, porque el único motivo para tener fe en este Ser Superior es sentirnos protegidos y amados por un padre poderoso. Si deja de ser poderoso, o deja de estar interesado en protegernos, ya no hay una motivación emocional para creer en él, y el único motivo restante para creer en este “Dios disminuido” sería que lo apoyaran evidencias científicas, pero desde ya tampoco las hay. Por eso es que, inevitablemente, el camino de pulir las contradicciones de Dios termina desembocando en el ateísmo.
Ciencia y Religión




















