La moral sin Dios
¿Cómo puede una persona fundamentar un comportamiento ético si no cree en Dios? A primera vista esta pregunta puede resultar muy razonable, pero imaginemos ahora que un hombre le dijera a otro: “¿Cómo que no crees en Cupido? ¿Y en qué te basas entonces para fundamentar el amor a tu esposa?”. O bien este señor no es consciente de lo que dice, o bien no ama sinceramente a su pareja; si lo hace es sólo porque cree que así satisface las expectativas de un ser mágico e invisible, y eso no es amor propiamente dicho.
Todos estamos de acuerdo en que se puede construir una relación amorosa sin creer en la existencia de Cupido. Pero aún más, también estamos de acuerdo en que si nuestro amor se basa simplemente en eso, entonces no es amor auténtico. Para que el sentimiento sea real tiene que nacer espontáneamente al pensar en nuestra pareja, y no de manera forzada a raíz del mandato de alguien, incluyendo seres invisibles.
Del mismo modo, no solamente se puede ser ético sin creer en Dios, sino que una ética basada en sus supuestos mandamientos pierde toda la gracia. Nada mejor que citar a Isaac Asimov: “La idea del ser ético consiste en que se es ético para que el mundo marche tranquilo. Pienso que la gente que dice que la virtud es su mejor recompensa, o la honestidad la mejor póliza, están en lo cierto. Si eres alguien ético solo por tu creencia en Dios, entonces es que estás reservando tu pase para el cielo, o bien tratando de que no se te dé un pase al infierno. En cualquier caso, eres un oportunista voraz, nada más”.
En otras palabras, para ser ético en la vida cotidiana alcanza y sobra con estar interesado en nuestro propio bienestar y el de quienes nos rodean. No sólo no hace falta creer que Dios nos ordena hacer algo, sino además, si hacemos algo porque creemos que Dios lo espera, eso se rebaja a la altura de amar a nuestra pareja porque creemos que Cupido nos lo manda.
Esto es lo que respecta a la motivación para hacer cosas “buenas”. ¿Pero qué sucede con la prohibición de hacer cosas “malas”?
Naturalmente, el ateísmo no ofrece una fuente de moral absoluta. No es que simplemente no tengamos una brújula para distinguir lo moral de lo inmoral, sino que ni siquiera creemos que las acciones sean morales o inmorales en sí mismas. Somos nosotros quienes disponemos la moralidad o inmoralidad de las cosas, según nuestro propio criterio. Esto nos da una gran libertad, y como toda libertad, tiene ventajas y desventajas. Desde el punto de vista de un religioso, la tragedia es que podemos llegar a justificar el asesinato. Pero la religión también puede justificar el asesinato. No hace falta que recordemos la Inquisición católica o los atentados terroristas musulmanes. En definitiva, la diferencia no pasa por las cosas que podemos llegar a justificar o no, ya que tanto desde el ateísmo como desde la religión se puede llegar a construir una excusa para cualquier cosa, como la historia bien lo demuestra. La única diferencia es que, si un ateo hace algo inapropiado, uno puede exigirle que justifique racionalmente por qué lo hizo, y puede debatir sobre esa explicación. En cambio, si lo hace un religioso, él siempre puede responder que tenía fe en que eso era lo correcto, porque Dios se lo ordenaba y punto, sin más detalles.
Veámoslo de esta manera: un ateo puede matar a un creyente por muchos motivos distintos, pero nunca lo hará porque se lo ordena “un Dios que no existe”; por otra parte, un creyente también puede matar a un ateo por muchos motivos, pero además también tiene la posible excusa de que se lo ordena “un Dios que sí existe”.
Citando a Richard Dawkins, “Si los defensores del apartheid realmente fueran astutos afirmarían (sin faltar a la verdad, por lo que sé) que permitir que las razas se mezclen va en contra de su religión. Una parte significativa de sus opositores se alejarían en puntas de pie. Y no tiene sentido afirmar que es una comparación injusta porque el apartheid no tiene justificación racional. El tema central de la fe religiosa, su fuerza y su gloria más grande, es que no depende de la justificación racional. Del resto de nosotros se espera que defendamos nuestros prejuicios. Pero pídale a una persona religiosa que justifique su fe y uno está violando su ‘libertad religiosa’”.
En resumen, quien necesita creer en Dios para ser ético debe ser porque no le importa tanto el bienestar del prójimo. Hacer el bien por sí mismo no le parece un motivo suficiente. Lo cual lo convierte instantáneamente en un individuo peligroso, ya que si el día de mañana alguien lo convence de que Dios desea que discrimine a las mujeres, o salga a apedrear a homosexuales, o se ponga un cinturón lleno de explosivos, entonces simplemente eso es lo que va hacer. Lo único que requiere es un empujón para creer que eso es lo que Dios dijo. En caso contrario, si por una cuestión moral no fuera capaz de llegar a este extremo, por más que estuviera convencido de que Dios lo decretó, entonces estamos admitiendo que él, del mismo modo que los ateos, no necesita tener a Dios como guía para distinguir lo ético de lo antiético.
Ciencia y Religión




















