La fe no es una virtud
Si alguien creyera en hadas mágicas, y un buen día se diera cuenta de que el único motivo que tiene para creer en ellas es que esa fe le produce una sensación cálida… ¿cómo podría seguir alegremente creyendo lo mismo? Desde ya, es entendible que por motivos emocionales no le resulte fácil desprenderse de todo de la noche a la mañana, ni tampoco nadie lo obliga. Pero, ¿cómo podría llegar a plantear que es una virtud mantener su fe ciegamente?
La fe no es una virtud, es un defecto. Porque por definición, tener fe significa creer en algo sin un buen motivo racional. En caso contrario, si hubiera una buena razón para creer en tales cosas, entonces no haría falta la fe, se trataría de una opinión normal como cualquier otra. Como diría Miguel de Unamuno, “La fe no es creer lo que no vimos, sino crear lo que no vemos”.
Llegado este punto alguien podría replicar: “Tal vez la fe no tenga una fundamentación racional, pero tiene otro tipo de fundamentación, que son sentimientos profundos nacidos de experiencias personales. No tiene sentido intentar aplicarle las reglas de la razón”. Sin embargo, eso de “basar creencias en sentimientos” no es algo nuevo, y la historia nos ha demostrado una y otra vez la torpeza que implica hacerlo. Nuestros antepasados religiosos tenían el hondo sentimiento de que la Tierra era plana y estaba en el centro del Universo, que era imposible que fuéramos descendientes de primates, que las infecciones eran causadas por posesiones demoníacas y una lista sin fin. En síntesis, los sentimientos nunca fueron buenos para descubrir verdades, lo cierto es que la razón y la investigación científica siempre resultaron mucho más útiles para esto. Claro que esto no significa que tengamos que reprimir nuestras emociones, ni que sean algo necesariamente malo; sin duda tienen muchas funciones biológicas y sociales imprescindibles, pero investigar la realidad no es una de ellas.
Por otra parte, al decir que “no tiene sentido intentar aplicar la razón a la religión” los creyentes ni siquiera son consistentes, ya que ellos mismos no tienen ningún problema en aplicar la razón a todas las demás religiones del mundo, y criticarlas al ver que resultan ridículas aquí o allá desde el punto de vista intelectual. No ven ningún inconveniente en derrumbar con argumentos racionales a Zeus, Afrodita, Thor o Poseidón. No consideran la posibilidad de que tal vez la razón humana no sea aplicable a esos dioses. Únicamente cuando alguien haga lo mismo con su propia religión, se defenderán de inmediato con la excusa de que “las reglas de la razón no son aplicables en mi caso particular”.
Incluso es un concepto errado pensar que la fe está relacionada con cierta fortaleza o valentía espiritual. Pongámoslo metafóricamente: cualquiera es “valiente” si cree que está acompañado de un gigante, pero la verdadera valentía sólo puede medirse cuando se pelea estando solo, cuando hay consciencia de que se corre un peligro real. En vez de enfrentar la fría realidad estoicamente, el religioso se refugia en un manto tibio de creencias, reconfortándose con promesas hermosas de que existe un Dios que lo está acompañando y lo recompensará por todo lo que sufre. ¿Cómo puede considerarse, bajo ningún punto de vista, que hay algún tipo de fortaleza en creer eso?
Se podría argumentar que, justamente, la fe es la que da fuerza. Pero esto es como decir que el alcohol da alegría. No es algo auténtico, es artificial. Un hombre puede tener todo el derecho del mundo a emborracharse, pero no puede jactarse de que el alcohol lo hace realmente feliz. Del mismo modo, el religioso no puede jactarse de que la fe lo hace realmente fuerte. Más bien todo lo contrario; si el creyente fuera fuerte entonces no necesitaría refugiarse en la fe, podría enfrentarse a la realidad tal cual se presenta, al desnudo, sin la ilusión cálida de que está siendo protegido o será recompensado.
Resumiendo todo en pocas palabras, citando a Sigmund Freud, “Sería muy bonito si hubiera un Dios que creó el mundo y una providencia benevolente, y un orden moral en el universo, y vida después de la muerte; pero resulta muy llamativo que todo esto sea exactamente como desearíamos que fuese”.
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