Imponiendo conductas con base religiosa

A mediados del 2009, con mucha repercusión mediática, Benedicto XVI manifestó que el preservativo no resuelve sino empeora el problema del SIDA. Inmediatamente muchas organizaciones se declararon en contra de sus dichos, considerándolas un atentado a la salud pública. Para colmo de males el Papa dijo esto durante un viaje al centro de África, el lugar más golpeado del mundo por esa enfermedad. Le fue respondido entonces que es cierto que el preservativo no es suficiente pero que aún así es necesario, y que si hay algo demostrado científicamente es que su uso evita el contagio de SIDA. Lo que viene al caso es que la Iglesia, frente a esta enorme reacción pública, no se retractó ni tampoco amplificó su argumentación, sino se limitó a quejarse de que no se respetaba su libertad de culto, y que ella tenía pleno derecho de expresar sus creencias.

Ahora bien, las organizaciones internacionales jamás dijeron que al Papa no debería permitírsele hacer públicas sus opiniones, sino que estas no eran correctas. Es decir, lo que la Iglesia pide no es el derecho de opinar, sino el derecho de opinar y no ser contestada, sin que se le exija ninguna fundamentación.

Si fuera por la religión sola, no habría problema. Un vecino de cualquier barrio tiene todo el derecho de hacer danzas alrededor de una fogata para convocar al dios de la lluvia, o incluso de azotarse a sí mismo para pedir perdón por sus pecados. Allá él, mientras no afecte a los demás, es libre de hacer lo que desee en su intimidad. Sin embargo, es un tema distinto cuando las creencias privadas de un grupo de personas dejan de ser tan “privadas”, y comienzan a afectar a quienes los rodean.

Por supuesto, los creyentes siempre estarán convencidos de que su fin no es egoísta y que actúan por el bien de la sociedad en general, ya que a pesar de que no todos crean en Dios, él sigue existiendo, y los peligros de no seguir su plan divino pueden ir desde una vida infeliz e incompleta, hasta pasar la eternidad en el infierno. Parece un planteo razonable. Sin embargo, el problema es que los planes de Dios bien podrían ser distintos de como los creyentes piensan. De hecho, incluso podría ser que Dios ni siquiera existiera. Y a fin de cuentas, tal vez muchos de los sacrificios y conductas que intentan imponer sean completamente en vano. Por ejemplo, quizás Dios existe pero no le molesta la homosexualidad, y todo este tiempo los religiosos estuvieron oponiéndose al matrimonio entre personas del mismo sexo, haciendo infeliz a mucha gente, por creencias que eran erróneas. Y lo mismo podría suceder con cualquier otro dogma. Pero claro está, Dios nunca se va a aparecer para aclarar que nadie está equivocado, de modo que todos los creyentes siempre seguirán convencidos de que lo comprenden verdaderamente, y en función de esto pretenderán obligar al mundo a manejar su vida personal de cierta manera.

La cuestión es que si vamos a reconocerles este derecho de tomar decisiones sobre nuestra propia vida, entonces nosotros también deberíamos poder prohibirles a ellos, por ejemplo, comer durante determinados días de la semana, utilizar algunos medicamentos específicos o tener sexo sin respetar cierto ritual, si tuviéramos ganas de creer en un ser invisible al que le ofendieran estas cosas. Y naturalmente, llegado este punto, los cristianos responderían que una cosa es tengamos derecho a creer lo que queramos en nuestra intimidad, y otra cosa es que pretendamos imponerles conductas en base a nuestras propias creencias que ellos ni siquiera comparten. Para permitir que nosotros les dictáramos normas basadas en nuestras creencias, exigirían que les demostráramos científicamente los fundamentos de nuestra fe.

Y esto, si es lo que pedirían, es entonces lo que ellos mismos deben ofrecer.