El razonamiento de la apuesta

“Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo”. Éste argumento se conoce como la “apuesta de Pascal”, porque fue justamente Blaise Pascal quien lo hizo célebre.

Hay muchos baches lógicos en este planteo. En primer lugar, sólo considera los posibles beneficios de creer en Dios, como si no hubiera ningún posible perjuicio. La realidad es que dentro de cada religión, ya sea organizada o no, siempre hay creencias que exigen ciertos sacrificios a la sociedad. Por ejemplo, los Testigos de Jehová no están de acuerdo con la transfusión de sangre, ya que consideran que en esta reside un componente esencial de la vida y el alma, y por lo tanto dejan morir a familiares y amigos que se habrían curado con una simple intervención. En el catolicismo existe la prohibición del preservativo, la discriminación hacia los homosexuales, la condena a la investigación científica con células madre embrionarias, y así siguiendo. Todos estos casos, todos estos sacrificios, discriminaciones, condenas y prohibiciones terminarían siendo completamente en vano si resultaran falsas las creencias de base, y claramente estos riesgos deberían ser tomados en cuenta a la hora de plantear la apuesta.

Por otra parte Pascal asume, sin ningún fundamento, que Dios premia la fe ciega y castiga a todo aquel que se atreve a dudar de él, aunque esta duda esté basada en la lógica y la razón que el mismo Dios le otorgó. Podría ser perfectamente al revés. O como diría Mario Benedetti: “Yo no sé si Dios existe. Pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda”. Sin embargo, nuevamente caemos en el mismo error: ¿cómo sabemos de antemano qué es lo que la va a molestar a Dios o no? ¿En qué nos basamos para saber cuáles cosas va a premiar, cuáles castigar, y cuáles le resultarán indiferentes? Benedetti hace bien en intentar suavizar la religión, hacerla menos agresiva, pero de todos modos su postura sigue siendo igual de infundamentada desde un punto de vista racional.

¿Por qué suponemos que si Dios existe, necesariamente debe estar interesado en nosotros? A lo mejor somos un fenómeno demasiado insignificante para merecer su atención, y nuestro mundo no tiene nada que ver con sus planes. Quizás sólo creó el Universo algo así como un experimento científico, y haciendo la analogía, nosotros somos como una especie de hongo que creció accidentalmente en un rincón del tubo de ensayo. O tal vez sí, Dios está todo el tiempo pendiente de nosotros, pero piensa que con darnos una vida ya es suficiente, de modo que luego de la muerte no nos espera ninguna justicia ni nada. En fin, hay tantas alternativas posibles… y sin embargo, Pascal solamente considera que si existe un Dios, necesariamente debe resucitarnos luego de la muerte para premiarnos o castigarnos por tal o cual comportamiento. ¡Qué imaginación tan pobre!

Pero el defecto más grave de esta apuesta es que no muestra curiosidad por saber si Dios realmente existe o no. Su objetivo es calcular la conveniencia de creer en él, y no su existencia verdadera, siendo dos cosas totalmente distintas. Esto no solo manifiesta cierta bajeza intelectual, sino que además, siguiendo el mismo criterio, deberíamos también alabar a Zeus, Ra y Thor, por las dudas que existan y se vayan a enojar. Es más, también deberíamos idolatrar a todos los seres invisibles y poderosos que podamos concebir con nuestra imaginación, no solamente a aquellos que tuvieran una religión preestablecida que los adore. Y en seguida caeríamos en contradicciones. Por ejemplo, deberíamos encender una vela durante las noches, porque tal vez exista un ser superior que nos esté observando y al que le agrade esta ofrenda. Pero al mismo también deberíamos prohibir la utilización de velas, por las dudas de que en realidad exista otro dios distinto al que le desagrade profundamente este tipo de cosas. Este conflicto puede parecer trivial, pero el mismo razonamiento se extiende a cualquier otra actividad, desde el sexo hasta el asesinato, y desde las fiestas religiosas hasta la forma en que nos vestimos o caminamos, incluyendo el tener fe para agradarle o desagradarle a un dios.