El orden del Universo no puede ser por azar
A un primer vistazo, el ser humano y el Universo resultan demasiado complejos como para encajar entre ellos por obra de casualidad. Si la Tierra estuviera algunos millones de kilómetros más alejada o más cerca del Sol, las condiciones serían imposibles para la vida. En la misma línea podemos seguir analizando la composición química de la atmósfera, la influencia gravitacional de la Luna, la inclinación del eje de nuestro planeta e incontables cuestiones más, concluyendo que el hombre y el Universo deben estar diseñados de manera inteligente y planificada.
Vayamos por pasos. En primer lugar es extraño que un ser tan sabio y poderoso, habiéndose tomado tantas molestias para que cada pieza del complejo engranaje del cosmos funcione armoniosamente, olvidara ciertos detalles. Por ejemplo, podría haber dispuesto las cosas de manera tal que los terremotos y tornados sólo se produjeran en zonas no habitables, y también podría haber ingeniado algún mecanismo para que no hubieran grandes sequías ni inundaciones. A la hora de desarrollar el cuerpo humano podría haber diseñado las células de forma que no fueran tan propensas a fallar descontroladamente y desarrollar cánceres. Sin mencionar todas las malformaciones congénitas, enfermedades, plagas, catástrofes naturales y desórdenes posibles que constantemente ocurren a lo largo y a lo ancho del mundo. Por otra parte, con respecto a las especies animales, como diría Richard Dawkins: “si sólo hay un Creador que hizo al tigre y al cordero, al guepardo y a la gacela, ¿a qué está jugando? ¿Es un sádico que disfruta siendo espectador de deportes sangrientos?”. Y citando a David Attenborough, “Cuando los creacionistas hablan acerca de Dios creando cada especie individual como un acto separado, ellos siempre se refieren a los colibríes, o las orquídeas, los girasoles y organismos hermosos. Pero, en lugar de ello suelo pensar en un gusano parásito que barrena a través del ojo de un niño sentado en un banco de un río de África occidental. Un gusano que está dejándolo ciego. ¿Están diciéndome que el Dios en el que ustedes creen, el cual dicen es un dios de misericordia, que cuida de cada uno de sus criaturas, creó este gusano que no puede vivir en otro lugar diferente que en el globo ocular de un inocente niño?”
Un sacerdote seguramente respondería que el problema es que no estamos comprendiendo bien el concepto de un “Universo que encaja perfectamente con el ser humano”. El diseño del Universo es perfecto, sólo que hay que saberlo ver. Muy bien, olvidemos todos estos detalles secundarios y retomemos la cuestión central entonces: ¿no es sorprendente que se hayan dado tantas condiciones necesarias para que nuestra especie biológica pueda vivir?
Hay una falacia inmensa escondida en este razonamiento. Haciendo una analogía, es como si un determinado tipo particular de pez pudiera pensar, y dijera: “Yo no estoy adaptado al mar, el mar entero es el que está adaptado a mí. Todo el cosmos podría haber sido diferente en infinitos aspectos, pero yo no podría haber sido distinto de como soy, dada mi gran trascendencia. Es indiscutible que soy el protagonista del Universo, y por lo tanto es obvio que si yo puedo vivir en el mar, con todas las condiciones que hacen falta para esto, no debe ser coincidencia; debe existir un ser superior que haya acomodado todo pensando en mis importantes necesidades. Los cocodrilos, los delfines, las ostras, los insectos, las algas y todas las demás especies que viven o se han extinto son sólo extras que me sirven de complemento”.
¿Cuál sería el error de semejante discurso, si el pez fuera capaz de elaborarlo? Que naturalmente, no es el mar el que está adaptado al pez, es el pez el que está adaptado al mar. Es fácil entender esto porque nosotros no somos peces, y nunca se nos ocurriría plantear que ellos son algo imprescindible para el Universo. Pero en nuestro propio caso, el orgullo nos puede jugar en contra. Como somos importantes para nosotros mismos, enseguida asumimos que también debemos ser importantes para el cosmos desde un punto de vista objetivo. Aunque si nos pudiéramos mirar desde afuera, nos daríamos cuenta que estamos cometiendo el mismo error que el pez del ejemplo imaginario. Es decir, hace falta ser extremadamente orgulloso para creer que es el planeta el que está adaptado a nosotros. Más bien, con un poco de madurez y humildad podemos aceptar que la situación es la contraria, somos nosotros los que nos fuimos adaptando a nuestro entorno a través de la evolución, igual que cualquier otra especie. Y si las condiciones necesarias no se hubieran dado, entonces no habríamos evolucionado de la manera que lo hicimos, y punto.
Desde la antigüedad pensábamos que, como las lluvias y las cosechas nos resultaban beneficiosas, entonces debía haber un dios que las estuviera disponiendo. Asumíamos inmediatamente que, como eran algo importante para nosotros, entonces no podían ser por azar; una simple cadena de causas y consecuencias sin sentimientos, completamente indiferentes a nuestras necesidades. Naturalmente la ciencia ha derrumbado estos mitos en particular, pero siempre hemos vuelto a caer en el mismo error en incontables situaciones. Y nuevamente, siempre que la ciencia pudo develar si cada fenómeno se trataba de simple azar, o de la intervención de un ser superior interesado en nuestros asuntos, ha resultado ser lo primero. Sin excepción.
Ciencia y Religión




















