El engaño de sentir la presencia de Dios

Tarde o temprano, como último recurso al quedar entre la espada y la pared, todo creyente sobre la faz de la Tierra replicará lo mismo: “creo en Dios porque siento su presencia en mi interior”.

En principio no hay por qué dudar que el creyente sea totalmente sincero, y que efectivamente siente lo que dice. Pero cambiemos de escenario. Supongamos que alguien se enamora de una hermosa mujer, y comienza a hacer una introspección de los sentimientos que lo están afectando. Imaginemos además que vivimos en la Antigua Roma y que en nuestro entorno social se cree comúnmente en Cupido. En este contexto nos tropezamos con este hombre y nos exclama: “¡Pero claro que Cupido existe! ¡Yo puedo sentir personalmente su influencia en mi interior!”.

¿Cuál es el punto? Que nadie duda de la honestidad del creyente, pero el hecho de que alguien sienta algo no es garantía de que esté interpretando bien la naturaleza de sus sentimientos. Y en efecto, a nadie se le ocurriría hoy en día atribuir un enamoramiento espontáneo a la influencia de Cupido. En la antigüedad científicamente no se sabía nada acerca de las hormonas, así que si de repente uno sentía algo que no podía explicar, era esperable que lo racionalizara tomando lo único que tenía a mano: seres mágicos e invisibles. Y esto es exactamente lo mismo que se hace en el caso de Dios; un creyente siente cierta emoción, y en vez de asumir humildemente que no sabe como explicarla, recurre a la respuesta fácil que le ofrece la religión de su entorno. Si se encuentra en una sociedad cristiana, concluirá que está sintiendo la presencia del Dios cristiano. Si estuviera en una sociedad oriental, pensaría que está sintiendo la presencia de un dios hindú, o tal vez la influencia de una energía mística.

De hecho, pasar por una experiencia de ese estilo ni siquiera tiene nada de llamativo. Si uno crece en un entorno donde se habla constantemente sobre determinado Ser, aceptándolo como algo obvio y natural, sin nunca cuestionarlo, por motivos psicológicos es entendible que tarde o temprano uno termine asumiéndolo como algo real, y que lo utilice como una herramienta para explicar misterios tanto del mundo exterior como del mundo interior. Por ejemplo, los hinduístas realmente pueden sentir que determinadas personas son las reencarnaciones de ciertas otras ya fallecidas. Indígenas religiosos pueden sentir a sus múltiples deidades materializadas en las distintas fuerzas de la naturaleza. Los antiguos griegos, a su vez, sentían a sus respectivos dioses, mientras los egipcios sentían a los suyos. Si alguien cree en fantasmas sentirá su presencia, o si cree en duendes sentirá a esos duendes, y así siguiendo indefinidamente.

El cerebro humano es una máquina compleja de producir ilusiones y sentimientos. Muchas de estas ilusiones son útiles y se corresponden con la realidad, pero otras sencillamente no. Afortunadamente también venimos equipados con la capacidad de filtrar estas percepciones de una manera racional, fría y objetiva, pero no todos la usamos. Muchos, por motivos emocionales, prefieren aferrarse a sus primeras impresiones y ahorrarse el posible disgusto de comprobar que estaban equivocados.

La pregunta que deberían hacerse es muy simple: si las personas de distintas religiones pueden tener sentimientos tan profundos como los de un cristiano, pero por influencia de su cultura están convencidos de que estas sensaciones se deben a seres místicos que en realidad no existen, ¿no podrían los cristianos, del mismo modo, estar confundidos cuando creen estar sintiendo la presencia de Dios?