Cuando la ciencia se equivoca

Es sumamente torpe argumentar, en un debate sobre religión, “la ciencia no está de acuerdo con mis creencias en este momento, pero dentro de algún tiempo reconocerá que se equivoca y nos dará la razón”. Con este mismo razonamiento, si lo consideráramos válido, podríamos defender cualquier absurdo. Por ejemplo, podríamos decir: “la ciencia ahora desmiente que las hadas mágicas existan, pero ya nos terminará dando la razón”.

¿Quiere decir esto que la ciencia siempre está en lo correcto y lo sabe todo? ¡No! Por supuesto que la ciencia produce ideas que pueden ser erradas. Eso nadie lo discute. Los científicos pueden creer en una época que la Tierra es plana, luego que es esférica y luego que en realidad es ligeramente deforme. Pero aún así es infundado pensar que como la ciencia no es perfecta, entonces la religión tiene derecho a inventar cualquier cosa que se le ocurra.

Además, a lo largo de todo este proceso de autocorrección, el método científico sigue siendo el mismo, y ese es precisamente el núcleo de la ciencia: evaluar constantemente nuevas evidencias y poner a prueba las teorías establecidas, buscando imperfecciones, en lugar de asumir que ya posee la verdad absoluta como hace la religión.

Nada mejor que citar a Isaac Asimov: “La Ciencia no es una colección de resultados, de capacidades o incluso de explicaciones. Esos son productos de la Ciencia, pero no la Ciencia misma, de la misma manera que una mesa no es la carpintería, ni plantarse en la meta es una carrera. Los resultados, capacidades y explicaciones producidos por la Ciencia son experimentales y, posiblemente, equivocados en todo o en parte. Casi con toda seguridad, son incompletos. Pero nada de esto implica fallos o insuficiencias de la Ciencia misma. La Ciencia es un proceso; es una manera de pensar; una manera de enfocar y, posiblemente, resolver problemas; un camino por el cual se pueden deducir un orden y un sentido a partir de observaciones desorganizadas y caóticas”.

En otras palabras, la ciencia puede no ser perfecta, pero aún así es lo mejor que tenemos. No promete la verdad absoluta, pero sí promete autocorregirse y revisar sus propias teorías constantemente. Cuando se descubre que algún enunciado científico es erróneo, instantáneamente la ciencia lo asume y se corrige ella misma. En cambio, cuando le toca el turno a la religión, ella no corrige su error, sino que usualmente asume el papel de víctima y argumenta que le están faltando el respeto a sus creencias.

Ya desde la base, en la ciencia se fomenta la renovación y la revisión de sus teorías, mientras que en la religión se fomenta la repetición. Un libro científico queda obsoleto en una década, porque se admite sin ningún complejo que se ha progresado. Los libros religiosos, en cambio, continúan imponiéndose por doctrina después de siglos o milenios, porque no se reconoce que pueda haber nada mejor. En ciencia, los hombres que en el pasado refutaron pilares importantes son señalados como genios, mientras que los que se limitaron a repetir lo que habían aprendido son olvidados. Los grandes premios científicos, como los Nóbel, son justamente para aquellos que han producido importantes cambios en la manera científica de ver el mundo. Por el contrario, en asuntos religiosos, son recordadas como herejes las personas que en el pasado intentaron modificar sus pilares, o incluso detalles secundarios, mientras son tratados como héroes aquellos que se esforzaron por respetar lo que se les había enseñado.

Justamente esta manera de pensar es la causa de que, siempre que la ciencia y la religión hayan discutido por la verdadera explicación de algún fenómeno, la ciencia haya resultado tener la razón. Sin excepción.