Archive for November, 2011

Cuando el pedido de la oración se cumple

Nov 28 2011 Published by Jorge A. Berrueta under Capitulo,Religion

Una persona padece cierta enfermedad, un grupo de fervientes creyentes eleva sus oraciones para su recuperación, y la curación ocurre. Queda demostrado entonces que Dios existe y es bueno, y todos vivieron felices para siempre.

…Un momento, algo no cierra. Se supone que Dios, desde un principio, era consciente de la situación del enfermo y tenía pleno poder para ayudarlo sin esperar a que nadie le rezara. Incluso podría haber evitado todo el problema desde el comienzo. ¿Por qué no lo hizo? En lugar de esto, permitió de manera consciente y voluntaria que la enfermedad se desarollara y que todos pasaran por una situación dolorosa, sin hacer nada hasta ser colmado de alabanzas. Por lo tanto, argumentar que Dios sanó un enfermo en respuesta a las plegarias, equivale a decir que si Dios no hubiera sido alabado habría permitido que la desgracia continuara como si nada. Si bien Dios prestó su ayuda, no lo hizo por amor sino sólo a cambio de que le lamieran los pies. En caso contrario, si los creyentes están realmente convencidos de que Dios intercede por amor, entonces ¿por qué consideraron necesario rezar? E incluso más, ¿por qué dan por hecho que rezar cinco veces el rosario es más eficiente que rezarlo una sóla vez, y que una cadena de oración es más eficiente que una sóla persona rezando?

¿Qué clase de padre, plenamente consciente de que un hijo suyo está atravesando una situación horrible e injusta, y con el pleno poder para ayudarlo, se quedaría de brazos cruzados hasta que decenas de personas le pidieran su ayuda de rodillas? Imaginemos a este padre reflexionando: “Mmmm… no, por ahora sólo diez personas han venido a traerme ramos de flores. No me satisface, no me parece que me amen lo suficiente. Esperaré que me demuestren un poco más de devoción, y luego tal vez veremos”. Finalmente, luego de muchas ofrendas y obsequios, accede a socorrer a su hijo. ¿A esto le llamamos amor? ¿Esta clase de actitud merece agradecimiento?

Avancemos un paso más. Imaginemos que la enfermedad nunca surgió desde un principio, o que Dios intervino sin esperar a que se le pidiera nada, y que hasta ahora nosotros hemos tenido una vida maravillosa. Aún así, ¿cómo puede alguien decir que Dios es bueno? ¿Qué hay de todas madres de Somalía cuyos hijos se mueren literalmente de hambre en sus brazos? ¿Qué hay de todas las víctimas del terremoto de Haití, de los tsunamis de Japón e Indonesia, de los tornados de Estados Unidos? “No sé, es un misterio, yo lo único que sé es que Dios me ayudó a mí y por lo tanto es bondadoso”. Esto es como si alguien dijera: “La verdad… la última dictadura militar de Argentina fue muy bondadosa, porque cuando gobernaban los militares mi familia estaba económicamente muy bien”. ¿Qué pasa con los miles de personas torturadas y desaparecidas durante el régimen? ¿Qué pasa con las incontables familias destruídas y las vidas arruinadas? “No sé, es un misterio, yo lo único que sé es que la dictadura ayudó a mi familia y por lo tanto los militares fueron obviamente buena gente”.

Pero vayamos aún más lejos. Como ya vimos, que una oración se cumpla no implica necesariamente que Dios sea bueno, por bastantes motivos. Sin embargo, ¿demuestra, al menos, que Dios exista?

Supongamos que en vez de rezarle al dios cristiano, la próxima vez le dirigimos nuestro pedido al antiguo dios egipcio Osiris. Y nuevamente la curación ocurre. ¿Esto demostraría la existencia de Osiris? Pensémoslo un segundo. Incluso si Osiris no existe, lo cual es lo más probable… ¿qué ocurriría si cientos, o miles, o millones de personas a lo largo y a lo ancho de todo el mundo le rezaran continuamente para pedirle todo tipo de cosas? Muy sencillo; algunas de esas peticiones se cumplirían y otras no, aunque solo fuera por azar. En los casos de un final feliz, los creyentes agradecerían a Osiris sin pensarlo dos veces, y en el resto de los casos atribuirían su falta de ayuda a algún motivo superior y misterioso. Esto es exactamente lo mismo que ocurre en el caso del dios cristiano, y se corresponde también con lo mismo que sucede en absolutamente todas las religiones habidas o por haber. Siempre, sin importar a qué entidad imaginaria se le dirijan alabanzas, algunas veces sucederá lo que pedimos y otras veces no. Es una simple cuestión de estadística.

Citando a Donald Morgan, “Los cristianos dicen que, sin excepción, su dios responde a todas sus plegarias; es sólo que a veces dice ’sí’ y otras ‘no’, ‘quizá’ o ‘espera’. Por supuesto, lo mismo podría decirse del dios de la lluvia”.

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…¿Y si Dios existiera?

Nov 25 2011 Published by Jorge A. Berrueta under Ateismo,Capitulo

En principio, podría suceder perfectamente que los ateos estuviéramos equivocados y Dios existiera. Desde luego no podría existir el clásico Dios cristiano, debido a sus numerosas contradicciones, pero bien podría tratarse de algún otro Ser Superior. Y bien, ¿no deberíamos modificar nuestra conducta, aunque sea por las dudas?…

No.

En primer lugar, porque con la misma lógica, ¿qué pasaría si Odín, o Zeus, o Mitra existieran? ¿Qué sucedería si luego de la muerte nos despertáramos en el inframundo de alguna religión antigua, frente a alguno de esos dioses, quien nos reclamara por no haber creído en él? ¿No deberíamos comportarnos durante esta vida según el agrado de todos ellos, para evitar posibles sorpresas desagradables en el futuro? Naturalmente esto no tiene ningún sentido, e incluso sería imposible de poner en práctica. Uno no puede pasarse la vida especulando sobre las expectativas de infinitos dioses hipotéticos. Incluso algunos de esos supuestos dioses podrían tener deseos opuestos a los de otros, y uno nunca podría satisfacer a todos a la vez.

Pero supongamos que efectivamente hay un dios concreto y que esperara cierto comportamiento de nuestra parte, ya sea el amor al prójimo, una convivencia pacífica, la prohibición de los preservativos, la discriminación hacia ciertas personas o los atentados a las Torres Gemelas. En cualquier caso, él debería tomarse la molestia de explicarnos racionalmente por qué debemos seguir sus consejos. Decir “porque de esa manera te enviaré al Cielo y serás muy feliz”, no es una explicación, es sencillamente un premio por cumplir sus caprichos, o bien una amenaza por desobedecerlos, según cómo se lo mire. Del mismo modo, decir “porque de esa manera me harás feliz y orgulloso, me demostrarás que me amas y me devolverás el favor de haberte creado”, tampoco es una explicación. ¿Para eso nos creó Dios, para satisfacer sus ganas de tener un juguete que se moviera a su gusto? ¿Esa es la altura de su concepto de amor; obedecer órdenes sin cuestionamientos?

Pero profundicemos un poco más. Resulta muy ingenuo pensar que a este Ser Supremo, creador de las imponentes leyes de la física, gobernador de un inabarcable Universo, le vaya a preocupar en absoluto lo que sucede en este insignificante planeta. No sólo porque la fría realidad del mundo lo demuestre claramente, sino también por una cuestión esencial de sentido común. Sencillamente no es creíble que este Amo del Universo pierda el sueño vigilando con quién nos acostamos, en qué circunstancias o en qué posición sexual. Es como imaginar que a la Organización de las Naciones Unidas le fuera a importar lo que hizo un día una cierta célula de un parásito dentro de una hormiga. Completamente ridículo. Y esta desproporción, este desorden absurdo de magnitudes de importancia, no llega ni a los talones de plantear que un Dios va a estar preocupado de lo que hagamos nosotros día a día. De hecho, predicar que somos el centro de atención de semejante Ser es todo lo opuesto de un mensaje de humildad, es la cúspide del egocentrismo psicótico.

En resumen, lo más probable es que Dios no exista. Y si existe, seguramente no está interesado en nosotros. Y si lo está, no podemos estar seguros de cuál comportamiento espera de nosotros, habiendo tantas religiones con supuestos mensajes suyos tan variados y contradictorios. Pero incluso si existiera una sóla religión, un sólo mensaje, y supiéramos a ciencia cierta que viene de un dios, aún así no habría por qué hacerle caso. Uno debe hacer lo que le parece que es correcto, sin importar lo que diga nadie, ni siquiera un Dios. Si uno piensa, por el contrario, que lo correcto es cualquier cosa que diga Dios, sólo por el hecho de que él lo dice, entonces estamos perdidos. Esa manera de pensar es la que ha justificado innumerables atrocidades en la historia. No hace falta que nos explayemos sobre la discriminación hacia las mujeres, los homosexuales, las hogueras de la inquisición, las masacres de la conquista de América, la condena a descubrimientos científicos, y un larguísimo etcétera. Como la experiencia bien lo demuestra, una misma religión puede promover, basándose en complejas explicaciones teológicas, tanto el amor al prójimo como el odio y el racismo más extremos. Ese es el peligro de pensar que nosotros no somos nadie para decidir qué es lo moral o inmoral, sino que cualquier cosa que diga Dios será lo correcto y que no tenemos derecho a debatirlo.

Pero la moraleja de la historia no es que todos los cristianos, musulmanes o judíos sean monstruos insaciables sedientos de sangre, ni mucho menos. Por supuesto que hay gente buena en todas partes. Y del mismo modo que hay gente que piensa que Dios le ordena hacer cosas antiéticas, también hay gente que cree que Dios le ordena hacer cosas éticas. Aunque claro, todos están convencidos de que son santos desde su propio punto de vista, y ese es justamente el problema. Pero más allá de esto, la cuestión es que los ateos no somos ni más ni menos morales que ellos. La religión no trajo ningún mensaje al mundo que no existiera previamente, el ser humano ya sabía amar y odiar antes de que ninguna religión se lo enseñara, y por eso los ateos podemos amarnos y odiarnos igual que lo hacen los creyentes. La única diferencia es que nosotros no podemos usar la fe como excusa cuando hacemos algo malo, ni tampoco la necesitamos como incentivo para hacer algo bueno.

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