Archive for December, 2010

La moral sin Dios

Dec 31 2010 Published by Jorge A. Berrueta under Ateismo,Capitulo

¿Cómo puede una persona fundamentar un comportamiento ético si no cree en Dios? A primera vista esta pregunta puede resultar muy razonable, pero imaginemos ahora que un hombre le dijera a otro: “¿Cómo que no crees en Cupido? ¿Y en qué te basas entonces para fundamentar el amor a tu esposa?”. O bien este señor no es consciente de lo que dice, o bien no ama sinceramente a su pareja; si lo hace es sólo porque cree que así satisface las expectativas de un ser mágico e invisible, y eso no es amor propiamente dicho.

Todos estamos de acuerdo en que se puede construir una relación amorosa sin creer en la existencia de Cupido. Pero aún más, también estamos de acuerdo en que si nuestro amor se basa simplemente en eso, entonces no es amor auténtico. Para que el sentimiento sea real tiene que nacer espontáneamente al pensar en nuestra pareja, y no de manera forzada a raíz del mandato de alguien, incluyendo seres invisibles.

Del mismo modo, no solamente se puede ser ético sin creer en Dios, sino que una ética basada en sus supuestos mandamientos pierde toda la gracia. Nada mejor que citar a Isaac Asimov: “La idea del ser ético consiste en que se es ético para que el mundo marche tranquilo. Pienso que la gente que dice que la virtud es su mejor recompensa, o la honestidad la mejor póliza, están en lo cierto. Si eres alguien ético solo por tu creencia en Dios, entonces es que estás reservando tu pase para el cielo, o bien tratando de que no se te dé un pase al infierno. En cualquier caso, eres un oportunista voraz, nada más”.

En otras palabras, para ser ético en la vida cotidiana alcanza y sobra con estar interesado en nuestro propio bienestar y el de quienes nos rodean. No sólo no hace falta creer que Dios nos ordena hacer algo, sino además, si hacemos algo porque creemos que Dios lo espera, eso se rebaja a la altura de amar a nuestra pareja porque creemos que Cupido nos lo manda.

Esto es lo que respecta a la motivación para hacer cosas “buenas”. ¿Pero qué sucede con la prohibición de hacer cosas “malas”?

Naturalmente, el ateísmo no ofrece una fuente de moral absoluta. No es que simplemente no tengamos una brújula para distinguir lo moral de lo inmoral, sino que ni siquiera creemos que las acciones sean morales o inmorales en sí mismas. Somos nosotros quienes disponemos la moralidad o inmoralidad de las cosas, según nuestro propio criterio. Esto nos da una gran libertad, y como toda libertad, tiene ventajas y desventajas. Desde el punto de vista de un religioso, la tragedia es que podemos llegar a justificar el asesinato. Pero la religión también puede justificar el asesinato. No hace falta que recordemos la Inquisición católica o los atentados terroristas musulmanes. En definitiva, la diferencia no pasa por las cosas que podemos llegar a justificar o no, ya que tanto desde el ateísmo como desde la religión se puede llegar a construir una excusa para cualquier cosa, como la historia bien lo demuestra. La única diferencia es que, si un ateo hace algo inapropiado, uno puede exigirle que justifique racionalmente por qué lo hizo, y puede debatir sobre esa explicación. En cambio, si lo hace un religioso, él siempre puede responder que tenía fe en que eso era lo correcto, porque Dios se lo ordenaba y punto, sin más detalles.

Veámoslo de esta manera: un ateo puede matar a un creyente por muchos motivos distintos, pero nunca lo hará porque se lo ordena “un Dios que no existe”; por otra parte, un creyente también puede matar a un ateo por muchos motivos, pero además también tiene la posible excusa de que se lo ordena “un Dios que sí existe”.

Citando a Richard Dawkins, “Si los defensores del apartheid realmente fueran astutos afirmarían (sin faltar a la verdad, por lo que sé) que permitir que las razas se mezclen va en contra de su religión. Una parte significativa de sus opositores se alejarían en puntas de pie. Y no tiene sentido afirmar que es una comparación injusta porque el apartheid no tiene justificación racional. El tema central de la fe religiosa, su fuerza y su gloria más grande, es que no depende de la justificación racional. Del resto de nosotros se espera que defendamos nuestros prejuicios. Pero pídale a una persona religiosa que justifique su fe y uno está violando su ‘libertad religiosa’”.

En resumen, quien necesita creer en Dios para ser ético debe ser porque no le importa tanto el bienestar del prójimo. Hacer el bien por sí mismo no le parece un motivo suficiente. Lo cual lo convierte instantáneamente en un individuo peligroso, ya que si el día de mañana alguien lo convence de que Dios desea que discrimine a las mujeres, o salga a apedrear a homosexuales, o se ponga un cinturón lleno de explosivos, entonces simplemente eso es lo que va hacer. Lo único que requiere es un empujón para creer que eso es lo que Dios dijo. En caso contrario, si por una cuestión moral no fuera capaz de llegar a este extremo, por más que estuviera convencido de que Dios lo decretó, entonces estamos admitiendo que él, del mismo modo que los ateos, no necesita tener a Dios como guía para distinguir lo ético de lo antiético.

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La ciencia y el mundo de lo inmaterial

Dec 31 2010 Published by Jorge A. Berrueta under Capitulo,Ciencia

Imaginemos un escenario del futuro un poco extraño. Supongamos que para sorpresa de todos, el día de mañana se descubre el alma en algún laboratorio. Enseguida surgirían investigaciones científicas para responder muchas preguntas, como por ejemplo, ¿cuándo obtenemos el alma? ¿Surge espontáneamente cuando el óvulo es fecundado por el espermatozoide, o en otra etapa de la gestación, o incluso un tiempo después de nacer? ¿El espermatozoide viene con media alma y el óvulo con la otra mitad, o quizás el alma ya viene entera en uno de los dos? ¿Todas las almas son iguales y tienen el mismo potencial, o sus características dependen del sexo, de la etnia, de posibles malformaciones congénitas, de la dieta alimenticia?… ¿Los siameses tienen un alma o dos? ¿Y los gemelos idénticos? ¿Y los trillizos? Si a una persona le tienen que amputar un brazo o una pierna, o una sección del cerebro, ¿se pierde una parte del alma? ¿Se pueden fabricar medicamentos para ella? ¿Cuando morimos, se va a algún lugar o se queda en el cuerpo, degradándose poco a poco al igual que el resto del organismo?

Lo cierto es que a partir de ese momento, el alma dejaría de ser un tema de fe y pasaría a formar parte de una nueva rama de la medicina y la biología. Lo mismo sucedería si se descubriera científicamente a Dios, los ángeles, el Cielo, el Infierno y todas las cosas de las que habla la religión. Claro está, si desde un comienzo estas entidades no existen, es imposible que la ciencia los descubra, pero si son reales no hay ningún motivo para asumir de antemano que no son estudiables, comprensibles y reducibles a fórmulas. Antes también se pensaba que sería imposible escudriñar científicamente el funcionamiento de la vida, el mecanismo de los pensamientos, el origen del hombre, de los planetas y de las estrellas… y echemos ahora un vistazo a cualquier enciclopedia o libro básico de ciencias para ver cómo resultó la historia. Todos los sentimientos, las emociones y los pensamientos se consideraban inmateriales, pero la neurociencia los está comenzando a explicar exitosamente en términos físicos. Lo mismo ha sucedido en muchos otros campos. Antes se pensaba que la biología debía aceptar la existencia de la vida como un punto de partida inexplicable, ya que obviamente entraban en juego entidades espirituales, pero hoy en día se la comprende completamente desde la química y la física.

Pero la gran pregunta es… si este descubrimiento hipotético sucediera, ¿deberíamos dejar de considerar “inmaterial” al alma, o no? Dicho de otro modo, incluso suponiendo que existen cosas inmateriales, ¿cómo se puede distinguir algo material de algo inmaterial? Y además, ¿por qué deberíamos pensar que el alma y Dios, en caso de existir, deberían ser entes “inmateriales”?

Si por “inmaterial” se entiende algo que obedece a un conjunto de leyes distintas, pero investigables, entonces, ¿dónde trazar la línea que separa lo que es material de lo que no lo es? ¿Cómo sabemos que no hemos ya descubierto científicamente cosas que son “inmateriales”, pero pensamos que son materiales porque no sabemos la diferencia? Y por otra parte, si por “inmaterial” se entiende algo que es totalmente incomprensible para la mente humana, entonces, ¿cómo podríamos distinguir si algo, como Dios o el alma, es un ente “inmaterial” por no ser investigable, o es “material” pero simplemente sucede que la ciencia aún no ha llegado a ese punto?

En cualquier caso, cuando alguien afirma que Dios, o el alma, o lo que sea, es un objeto inmaterial, en el fondo no está diciendo realmente nada. Lo único que está asegurando es que no puede medir ni detectar la existencia de eso de lo que está hablando.

Muchos tienen el prejuicio de que los científicos son de mente cerrada y que descartan la existencia de Dios, el alma, las energías místicas o el mundo espiritual en general sólo porque no son visibles al ojo humano. Esto es completamente falso. Si fuera por esto entonces también descartarían la existencia de los campos magnéticos, por ejemplo, los cuales tampoco se puden ver ni tocar, ni poner debajo del lente de un microscopio, ni guardar en un tubo de ensayo. Las personas caminamos libremente a través de ellos y ni siquiera los sentimos, como si fueran fantasmas. ¿Cuál es la diferencia entre estos campos y Dios, entonces? ¿Por qué los científicos aceptan la existencia de los primeros y se desentienden del segundo? Porque los campos magnéticos pueden mover la aguja de una brújula y provocar corrientes eléctricas, entre otras muchas cosas. Es decir, aunque no los podamos ver, producen efectos en cosas que sí podemos ver, e ingeniosamente los podemos medir de manera bastante precisa. Pero hasta la fecha, que se sepa, Dios no mueve la aguja de ninguna brújula ni produce corrientes eléctricas.

Lo mismo sucede con el núcleo de las estrellas, las partículas subatómicas, los ancestros biológicos que nos precedieron hace millones de años y una lista sin fin. Todos ellos, y en definitiva casi la totalidad de lo que la ciencia estudia hoy en día, no se puede ver ni tocar. Son cosas que deben analizarse indirectamente, a través de los rastros que dejan de una manera o de otra, en algún lugar u otro, bajo algunas condiciones u otras. En resumen, el problema con Dios no es que simplemente no se pueda ver, o que sea inmaterial. Es que no se puede detectar con ningún método objetivo y fiable, de ninguna forma directa ni indirecta. Exactamente igual que sucede con Zeus, Ra, Osiris, Thor, Horus, los unicornios, los duendes, las hadas mágicas y todas criaturas místicas en que la humanidad ha creído alguna vez. ¿Quiere decir esto que Dios no existe? No, no quiere decir que no exista. Pero con el mismo argumento, tampoco quiere decir que no existan Ra, Osiris, Zeus, Thor y compañía.

¿Y qué pasaría si Dios efectivamente existiera, pero nunca se pudiera demostrar científicamente, precisamente por estar hecho de una sustancia “inmaterial”?… Bueno, ¿por qué no hacernos la misma pregunta acerca de todos los demás dioses mencionados? ¿Qué pasaría si Ra existiera y fuera inmaterial, y justamente por eso no tuviéramos pruebas de su existencia?

La conclusión siempre es la misma. No podemos demostrar que Dios no exista, pero sí podemos demostrar que no tiene más probabilidades de existir que cualquier otro ser mágico e invisible que haya concebido la imaginación humana. Y si pensamos que racionalmente es válido descartar la existencia de Osiris o Zeus, entonces con los mismos argumentos también podemos descartar la existencia de Dios.

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El ateísmo no es una religión

Dec 31 2010 Published by Jorge A. Berrueta under Ateismo,Capitulo

Los ateos creemos que Dios no existe, pero no podemos demostrarlo. ¿Esto acaso no nos convierte en una religión, o al menos no hace que nuestro pensamiento sea de estilo religioso?…

Es cierto que tenemos muchas creencias, nadie niega esto. Pero una cosa es una creencia, y otra muy distinta es una creencia religiosa. Nosotros tampoco creemos en Zeus o Apolo, por ejemplo, pero sin embargo nadie diría que esto se trata de una postura religiosa.

Algunos responden que lo más prudente es ser agnóstico. Es decir, mantenernos al margen de la cuestión mientras no hayan pruebas a favor ni en contra. Pero con el mismo criterio entonces también deberíamos ser agnósticos de Osiris o Poseidón, entre otros tantos dioses, semidioses, duendes, ángeles, hadas y seres indetectables de todo tipo. Creer en Afrodita no es contradictorio con ninguna evidencia científica, ni se puede demostrar que no exista. Y seguramente deben quedar detalles sin resolver acerca del amor para la neurociencia, de modo que podríamos proponer a Afrodita como la respuesta de esas cuestiones científicas pendientes. Sin embargo, ¿sería lo más razonable mantenernos al margen de la cuestión, mientras no haya pruebas a favor ni en contra, y pensar que es igualmente posible que Afrodita exista o que no exista?

En otras palabras, si no somos agnósticos respecto a Afrodita, Ra, Osiris o Thor, entonces por el mismo motivo tampoco hay por qué ser agnósticos respecto a Dios. Si en el caso de los antiguos dioses griegos, romanos, egipcios, o nórdicos, consideramos que la ausencia de pruebas es justificación suficiente para pensar que no existen, y que eso no constituye una creencia religiosa, entonces también deberíamos considerarlo una justificación suficiente en el caso de Dios. Como suele replicar Richard Dawkins, “Todos somos ateos respecto a la mayoría de dioses en los que la humanidad ha creído alguna vez. Algunos de nosotros simplemente vamos adelantados un dios más allá”.

Por supuesto que si en el futuro surgieran pruebas de la existencia de Dios, o Zeus, o cualquier otro, entonces la situación se invertiría. Por ejemplo, imaginemos que cada vez que alguien rezara pidiendo una curación, el enfermo se repusiera. Y cada vez que alguien pidiera al Cielo que se calmara un terremoto, inmediatamente se detuviera. No una o dos veces cada cierto tiempo, en casos excepcionales, sino la mayoría de las veces. Eso sería un fuerte indicio de que hay algo real en el asunto, y el ateísmo comenzaría a rebajarse al rango de religión. ¿Por qué? Porque la creencia en Dios contaría con sustento basado en hechos medibles, mientras que el ateísmo consistiría simplemente en creer en algo por el placer de creerlo, incluso en contradicción con la realidad observable. Claro está, esto no significa que si Dios existiera tendría por qué obedecer las oraciones o evitar las catástrofes naturales necesariamente; esto es simplemente un ejemplo. Cualquier otra prueba contrastable sería igualmente válida.

Un religioso seguramente replicaría: “Pero ustedes los ateos siguen creyendo en muchas cosas que no han visto o experimentado personalmente”. Y sí, es cierto. Un ateo puede creer sin ningún problema que existen millones de galaxias, átomos, y planetas que jamás verá ni comprobará directamente que existen. Sin embargo, es absurdo pensar que se trata de creencias religiosas, porque primero y principal, para que una postura sea religiosa tiene que carecer de un fundamento lógico. Por definición, la fe únicamente hace falta cuando no se puede defender una opinión racionalmente. En caso contrario, si pudiera ser argumentada, entonces no sería una cuestión de fe, se trataría de una opinión normal como cualquier otra. Por eso no tiene sentido decir, por ejemplo, que los científicos tienen “fe” en los átomos, ya que pueden enumerar una serie de buenos motivos para pensar que no son imaginarios. No es algo que crean porque simplemente los haga sentir mejor por dentro, o por respeto a una tradición, o por temor a lo que sucedería si no fuera cierto. Por otra parte, los motivos para creer en Dios no son pruebas ni argumentos, sino el miedo de qué sucederá después de la muerte, el deseo de ser amado por un amigo incondicional, la necesidad de ser protegido y reconfortado por un ser poderoso, y demás sentimientos por el estilo.

En resumen, no es lo mismo tener una creencia que tener fe; una creencia puede estar bien o mal defendida en términos lógicos, pero busca defenderse. La fe, desde el punto de partida, no tiene fundamento de este tipo e incluso considera que es una virtud no tenerlo. ¿Y cuál es la defensa lógica del ateísmo, que hace que no sea una cuestión de fe o religión? La misma defensa lógica que tiene la no-creencia en Ra, Osiris o Anubis. ¿Y qué tipo de pruebas necesitaríamos los ateos para pasar a creer en Dios? El mismo tipo de pruebas que exigiría un cristiano para aceptar la existencia de Zeus, Afrodita o Poseidón.

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El razonamiento de la apuesta

Dec 31 2010 Published by Jorge A. Berrueta under Ateismo,Capitulo

“Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo”. Éste argumento se conoce como la “apuesta de Pascal”, porque fue justamente Blaise Pascal quien lo hizo célebre.

Hay muchos baches lógicos en este planteo. En primer lugar, sólo considera los posibles beneficios de creer en Dios, como si no hubiera ningún posible perjuicio. La realidad es que dentro de cada religión, ya sea organizada o no, siempre hay creencias que exigen ciertos sacrificios a la sociedad. Por ejemplo, los Testigos de Jehová no están de acuerdo con la transfusión de sangre, ya que consideran que en esta reside un componente esencial de la vida y el alma, y por lo tanto dejan morir a familiares y amigos que se habrían curado con una simple intervención. En el catolicismo existe la prohibición del preservativo, la discriminación hacia los homosexuales, la condena a la investigación científica con células madre embrionarias, y así siguiendo. Todos estos casos, todos estos sacrificios, discriminaciones, condenas y prohibiciones terminarían siendo completamente en vano si resultaran falsas las creencias de base, y claramente estos riesgos deberían ser tomados en cuenta a la hora de plantear la apuesta.

Por otra parte Pascal asume, sin ningún fundamento, que Dios premia la fe ciega y castiga a todo aquel que se atreve a dudar de él, aunque esta duda esté basada en la lógica y la razón que el mismo Dios le otorgó. Podría ser perfectamente al revés. O como diría Mario Benedetti: “Yo no sé si Dios existe. Pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda”. Sin embargo, nuevamente caemos en el mismo error: ¿cómo sabemos de antemano qué es lo que la va a molestar a Dios o no? ¿En qué nos basamos para saber cuáles cosas va a premiar, cuáles castigar, y cuáles le resultarán indiferentes? Benedetti hace bien en intentar suavizar la religión, hacerla menos agresiva, pero de todos modos su postura sigue siendo igual de infundamentada desde un punto de vista racional.

¿Por qué suponemos que si Dios existe, necesariamente debe estar interesado en nosotros? A lo mejor somos un fenómeno demasiado insignificante para merecer su atención, y nuestro mundo no tiene nada que ver con sus planes. Quizás sólo creó el Universo algo así como un experimento científico, y haciendo la analogía, nosotros somos como una especie de hongo que creció accidentalmente en un rincón del tubo de ensayo. O tal vez sí, Dios está todo el tiempo pendiente de nosotros, pero piensa que con darnos una vida ya es suficiente, de modo que luego de la muerte no nos espera ninguna justicia ni nada. En fin, hay tantas alternativas posibles… y sin embargo, Pascal solamente considera que si existe un Dios, necesariamente debe resucitarnos luego de la muerte para premiarnos o castigarnos por tal o cual comportamiento. ¡Qué imaginación tan pobre!

Pero el defecto más grave de esta apuesta es que no muestra curiosidad por saber si Dios realmente existe o no. Su objetivo es calcular la conveniencia de creer en él, y no su existencia verdadera, siendo dos cosas totalmente distintas. Esto no solo manifiesta cierta bajeza intelectual, sino que además, siguiendo el mismo criterio, deberíamos también alabar a Zeus, Ra y Thor, por las dudas que existan y se vayan a enojar. Es más, también deberíamos idolatrar a todos los seres invisibles y poderosos que podamos concebir con nuestra imaginación, no solamente a aquellos que tuvieran una religión preestablecida que los adore. Y en seguida caeríamos en contradicciones. Por ejemplo, deberíamos encender una vela durante las noches, porque tal vez exista un ser superior que nos esté observando y al que le agrade esta ofrenda. Pero al mismo también deberíamos prohibir la utilización de velas, por las dudas de que en realidad exista otro dios distinto al que le desagrade profundamente este tipo de cosas. Este conflicto puede parecer trivial, pero el mismo razonamiento se extiende a cualquier otra actividad, desde el sexo hasta el asesinato, y desde las fiestas religiosas hasta la forma en que nos vestimos o caminamos, incluyendo el tener fe para agradarle o desagradarle a un dios.

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Cuando la ciencia se equivoca

Dec 31 2010 Published by Jorge A. Berrueta under Capitulo,Ciencia

Es sumamente torpe argumentar, en un debate sobre religión, “la ciencia no está de acuerdo con mis creencias en este momento, pero dentro de algún tiempo reconocerá que se equivoca y nos dará la razón”. Con este mismo razonamiento, si lo consideráramos válido, podríamos defender cualquier absurdo. Por ejemplo, podríamos decir: “la ciencia ahora desmiente que las hadas mágicas existan, pero ya nos terminará dando la razón”.

¿Quiere decir esto que la ciencia siempre está en lo correcto y lo sabe todo? ¡No! Por supuesto que la ciencia produce ideas que pueden ser erradas. Eso nadie lo discute. Los científicos pueden creer en una época que la Tierra es plana, luego que es esférica y luego que en realidad es ligeramente deforme. Pero aún así es infundado pensar que como la ciencia no es perfecta, entonces la religión tiene derecho a inventar cualquier cosa que se le ocurra.

Además, a lo largo de todo este proceso de autocorrección, el método científico sigue siendo el mismo, y ese es precisamente el núcleo de la ciencia: evaluar constantemente nuevas evidencias y poner a prueba las teorías establecidas, buscando imperfecciones, en lugar de asumir que ya posee la verdad absoluta como hace la religión.

Nada mejor que citar a Isaac Asimov: “La Ciencia no es una colección de resultados, de capacidades o incluso de explicaciones. Esos son productos de la Ciencia, pero no la Ciencia misma, de la misma manera que una mesa no es la carpintería, ni plantarse en la meta es una carrera. Los resultados, capacidades y explicaciones producidos por la Ciencia son experimentales y, posiblemente, equivocados en todo o en parte. Casi con toda seguridad, son incompletos. Pero nada de esto implica fallos o insuficiencias de la Ciencia misma. La Ciencia es un proceso; es una manera de pensar; una manera de enfocar y, posiblemente, resolver problemas; un camino por el cual se pueden deducir un orden y un sentido a partir de observaciones desorganizadas y caóticas”.

En otras palabras, la ciencia puede no ser perfecta, pero aún así es lo mejor que tenemos. No promete la verdad absoluta, pero sí promete autocorregirse y revisar sus propias teorías constantemente. Cuando se descubre que algún enunciado científico es erróneo, instantáneamente la ciencia lo asume y se corrige ella misma. En cambio, cuando le toca el turno a la religión, ella no corrige su error, sino que usualmente asume el papel de víctima y argumenta que le están faltando el respeto a sus creencias.

Ya desde la base, en la ciencia se fomenta la renovación y la revisión de sus teorías, mientras que en la religión se fomenta la repetición. Un libro científico queda obsoleto en una década, porque se admite sin ningún complejo que se ha progresado. Los libros religiosos, en cambio, continúan imponiéndose por doctrina después de siglos o milenios, porque no se reconoce que pueda haber nada mejor. En ciencia, los hombres que en el pasado refutaron pilares importantes son señalados como genios, mientras que los que se limitaron a repetir lo que habían aprendido son olvidados. Los grandes premios científicos, como los Nóbel, son justamente para aquellos que han producido importantes cambios en la manera científica de ver el mundo. Por el contrario, en asuntos religiosos, son recordadas como herejes las personas que en el pasado intentaron modificar sus pilares, o incluso detalles secundarios, mientras son tratados como héroes aquellos que se esforzaron por respetar lo que se les había enseñado.

Justamente esta manera de pensar es la causa de que, siempre que la ciencia y la religión hayan discutido por la verdadera explicación de algún fenómeno, la ciencia haya resultado tener la razón. Sin excepción.

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El orden del Universo no puede ser por azar

Dec 30 2010 Published by Jorge A. Berrueta under Capitulo,Ciencia

A un primer vistazo, el ser humano y el Universo resultan demasiado complejos como para encajar entre ellos por obra de casualidad. Si la Tierra estuviera algunos millones de kilómetros más alejada o más cerca del Sol, las condiciones serían imposibles para la vida. En la misma línea podemos seguir analizando la composición química de la atmósfera, la influencia gravitacional de la Luna, la inclinación del eje de nuestro planeta e incontables cuestiones más, concluyendo que el hombre y el Universo deben estar diseñados de manera inteligente y planificada.

Vayamos por pasos. En primer lugar es extraño que un ser tan sabio y poderoso, habiéndose tomado tantas molestias para que cada pieza del complejo engranaje del cosmos funcione armoniosamente, olvidara ciertos detalles. Por ejemplo, podría haber dispuesto las cosas de manera tal que los terremotos y tornados sólo se produjeran en zonas no habitables, y también podría haber ingeniado algún mecanismo para que no hubieran grandes sequías ni inundaciones. A la hora de desarrollar el cuerpo humano podría haber diseñado las células de forma que no fueran tan propensas a fallar descontroladamente y desarrollar cánceres. Sin mencionar todas las malformaciones congénitas, enfermedades, plagas, catástrofes naturales y desórdenes posibles que constantemente ocurren a lo largo y a lo ancho del mundo. Por otra parte, con respecto a las especies animales, como diría Richard Dawkins: “si sólo hay un Creador que hizo al tigre y al cordero, al guepardo y a la gacela, ¿a qué está jugando? ¿Es un sádico que disfruta siendo espectador de deportes sangrientos?”. Y citando a David Attenborough, “Cuando los creacionistas hablan acerca de Dios creando cada especie individual como un acto separado, ellos siempre se refieren a los colibríes, o las orquídeas, los girasoles y organismos hermosos. Pero, en lugar de ello suelo pensar en un gusano parásito que barrena a través del ojo de un niño sentado en un banco de un río de África occidental. Un gusano que está dejándolo ciego. ¿Están diciéndome que el Dios en el que ustedes creen, el cual dicen es un dios de misericordia, que cuida de cada uno de sus criaturas, creó este gusano que no puede vivir en otro lugar diferente que en el globo ocular de un inocente niño?”

Un sacerdote seguramente respondería que el problema es que no estamos comprendiendo bien el concepto de un “Universo que encaja perfectamente con el ser humano”. El diseño del Universo es perfecto, sólo que hay que saberlo ver. Muy bien, olvidemos todos estos detalles secundarios y retomemos la cuestión central entonces: ¿no es sorprendente que se hayan dado tantas condiciones necesarias para que nuestra especie biológica pueda vivir?

Hay una falacia inmensa escondida en este razonamiento. Haciendo una analogía, es como si un determinado tipo particular de pez pudiera pensar, y dijera: “Yo no estoy adaptado al mar, el mar entero es el que está adaptado a mí. Todo el cosmos podría haber sido diferente en infinitos aspectos, pero yo no podría haber sido distinto de como soy, dada mi gran trascendencia. Es indiscutible que soy el protagonista del Universo, y por lo tanto es obvio que si yo puedo vivir en el mar, con todas las condiciones que hacen falta para esto, no debe ser coincidencia; debe existir un ser superior que haya acomodado todo pensando en mis importantes necesidades. Los cocodrilos, los delfines, las ostras, los insectos, las algas y todas las demás especies que viven o se han extinto son sólo extras que me sirven de complemento”.

¿Cuál sería el error de semejante discurso, si el pez fuera capaz de elaborarlo? Que naturalmente, no es el mar el que está adaptado al pez, es el pez el que está adaptado al mar. Es fácil entender esto porque nosotros no somos peces, y nunca se nos ocurriría plantear que ellos son algo imprescindible para el Universo. Pero en nuestro propio caso, el orgullo nos puede jugar en contra. Como somos importantes para nosotros mismos, enseguida asumimos que también debemos ser importantes para el cosmos desde un punto de vista objetivo. Aunque si nos pudiéramos mirar desde afuera, nos daríamos cuenta que estamos cometiendo el mismo error que el pez del ejemplo imaginario. Es decir, hace falta ser extremadamente orgulloso para creer que es el planeta el que está adaptado a nosotros. Más bien, con un poco de madurez y humildad podemos aceptar que la situación es la contraria, somos nosotros los que nos fuimos adaptando a nuestro entorno a través de la evolución, igual que cualquier otra especie. Y si las condiciones necesarias no se hubieran dado, entonces no habríamos evolucionado de la manera que lo hicimos, y punto.

Desde la antigüedad pensábamos que, como las lluvias y las cosechas nos resultaban beneficiosas, entonces debía haber un dios que las estuviera disponiendo. Asumíamos inmediatamente que, como eran algo importante para nosotros, entonces no podían ser por azar; una simple cadena de causas y consecuencias sin sentimientos, completamente indiferentes a nuestras necesidades. Naturalmente la ciencia ha derrumbado estos mitos en particular, pero siempre hemos vuelto a caer en el mismo error en incontables situaciones. Y nuevamente, siempre que la ciencia pudo develar si cada fenómeno se trataba de simple azar, o de la intervención de un ser superior interesado en nuestros asuntos, ha resultado ser lo primero. Sin excepción.

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La contradicción fundamental de Dios

Dec 30 2010 Published by Jorge A. Berrueta under Capitulo,Religion

“Está dispuesto Dios a prevenir la maldad, pero no puede? Entonces no es omnipotente. ¿Puede hacerlo, pero no está dispuesto? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y además está dispuesto? Entonces, ¿de dónde proviene la maldad? ¿No es él capaz ni tampoco está dispuesto? Entonces, ¿por qué llamarlo Dios?”. Ésta es una célebre cita de Epicuro que resume lo que se llama “el problema del mal”; un razonamiento tan sencillo como demoledor para religión.

Claro está que esto no demuestra que Dios no exista, el asunto de su inexistencia es otra historia. Perfectamente podría ser que existiera y fuera una criatura completamente monstruosa y maligna, o ni mala ni buena, sino simplemente indiferente a lo que sucede en este pequeño planeta. O bien podría ser que hubiera diseñado a la Tierra y al ser humano, pero luego hubiera fallecido, no teniendo vida eterna, y por lo tanto no siendo responsable de las injusticias actuales. En fin, hay incontables tipos de dioses posibles con infinitas combinaciones teóricas de atributos y propiedades. Sin embargo, algo es seguro: Dios no puede ser todopoderoso y, a la vez, amar a los seres humanos.

Naturalmente la religión tiene muchas respuestas bajo la manga para intentar salvar esta fuerte contradicción, pero cada una de estas explicaciones es menos satisfactoria que la anterior. Un primer intento es que el sufrimiento en el mundo no es culpa de Dios, sino del ser humano. Hay hambruna en África porque unos hombres no son solidarios con otros hombres, hay pobreza en ciertos países porque sus gobiernos no son sabios y justos. En resumen, algunas personas cometen pecados, y por una simple cuestión de causa y efecto se genera infelicidad a su alrededor. Y Dios no puede intervenir, ya que al hacerlo estaría violando el libre albedrío de los individuos. El libre albedrío, según la religión, recordemos, es la capacidad intocable del alma de poder tomar decisiones morales sin influencia de nada ni nadie. Si no tuviéramos libre albedrío seríamos simplemente máquinas mecánicas, no seríamos enteramente responsables de nuestras acciones, y no mereceríamos premios ni castigos por ellas.

Esta explicación no resiste demasiado análisis. En primer lugar, ¿qué hay de los terremotos, tsunamis, erupciones volcánicas y demás desastres naturales? ¿Qué tienen que ver esas catástrofres con el comportamiento ético de sus víctimas? Dios, si tuviera infinito poder, debería poder prevenir perfectamente todas estas tragedias sin necesidad de violar el libre albedrío de nadie al hacerlo. De hecho, para empezar podría haber diseñado un mejor planeta sin tantas fallas, esta calidad de trabajo no es la que cabe esperar de un ser perfecto. Pero aún más, incluso en los casos de intervención humana Dios también se queda sin pretexto. Con respecto a las bombas atómicas de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, Dios podría haber esperado a que los aviones norteamericanos las desprendieran, y una vez en caída libre desactivarlas milagrosamente. Esto no habría afectado el libre albedrío de nadie, y el mismo principio se extiende a todos los demás casos. Si un asaltante le dispara a una víctima, Dios podría hacer que el arma se trabara y eso no afectaría la decisión del asaltante de haber disparado. Y así siguiendo.

Otro argumento clásico es: “Dios nos envía sufrimiento para poner a prueba nuestra fe”. Pero, ¿por qué quiere Dios tan desesperadamente que reforcemos nuestra fe? ¿Qué utilidad y beneficio tiene nuestra devoción para él? Es decir, este Dios es un padre totalmente sádico y con la mente retorcida, que envía dolor y sufrimiento a sus hijos con el propósito de aumentar su dependencia psicológica y alabanzas. Esta actitud inmoral francamente no entra dentro del concepto de “amor”.

La religión ofrece otra explicación alternativa, para los más exigentes. Si no existieran situaciones difíciles, conflictos dolorosos, desastres y tragedias, el ser humano no tendría oportunidad de desarrollar coraje, heroísmo, paciencia, dignidad, y todas las demás virtudes. Pero si Dios quería que tuviéramos todas estas cualidades, ¿por qué no nos diseñó con ellas desde el comienzo? ¿Cuál es la necesidad de irlas adquiriendo mediante un proceso lento y tortuoso, y que para colmo de males sólo da resultado con una pequeñísima fracción de la humanidad? Dios, siendo omnipotente y manipulando las leyes del Universo a su antojo, tranquilamente podría habría habernos creado ya perfectos en el Paraíso. O en última instancia, si tanto le divertía jugar a la evolución personal, aún así podría haber hecho que todo el proceso fuera agradable. Y si la respuesta es que Dios no pudo diseñarnos de esta manera, entonces Dios no es todopoderoso.

Se puede resumir todo de la siguiente manera: hay sólo dos opciones, o Dios está enteramente conforme con el diseño del Universo, o no lo está. Si un Ser Supremo y omnipotente está satisfecho a medias con un Universo creado por él mismo, debe ser el incompetente más grande que jamás haya existido. Por otra parte, si este Ser está satisfecho enteramente con un Universo que implica grandes cantidades de sufrimiento, es indiscutiblemente cruel. Y en todo caso, si este es el mejor diseño que pudo hacer dentro de ciertos límites técnicos, debiendo sacrificar ciertas características a cambio de otras, como por ejemplo el libre albedrío, entonces la conclusión inmediata es que no es todopoderoso. ¿Cómo puede un ser omnipotente “tener” que recurrir forzosamente a cierta solución, y decir “lo siento, esto es lo mejor que pude hacer”? Si tener poder infinito tiene alguna gracia, es la libertad de manipular el Universo de cualquier manera que quiera uno, de modo de no estar obligado a recurrir a una solución que lo satisfaga a medias.

Ésta es la contradicción fundamental de Dios, en definitiva: ¿cómo pueden suceder cosas, en cualquier rincón del Universo, tales que el ser inteligente y todopoderoso que las diseñó a su antojo no las disfrute en todos sus aspectos, hasta el último detalle?

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El conflicto inevitable entre ciencia y religión

Dec 26 2010 Published by Jorge A. Berrueta under Capitulo,Ciencia

Muchos opinan que la ciencia y la religión no se contradicen ni pueden contradecirse, ya que la primera se ocupa de los asuntos del mundo material mientras la segunda del espiritual. Argumentan que son campos distintos pero complementarios entre sí, por lo que sus conflictos son meramente aparentes y pasajeros.

Como teoría filosófica flotando en la atmósfera tal vez esta idea sea muy bonita, pero en la práctica las cosas son muy distintas. Si pudieran alzar su cabeza, Galileo y Darwin darían testimonio de que la religión sí tiene bastante ánimo de explayar su lengua sobre el mundo material, y que es falso que se contente simplemente con los “asuntos espirituales”, lo que sea que se entienda por ese término. Alguien seguramente respondería que estos episodios no cuentan, ya que si la religión se limitara al campo que le corresponde, estas cosas no sucederían. Sin embargo, en realidad esto es imposible de concebir. ¿Cómo sería una religión que no hablara de nada relacionado con el mundo material, sin referirse ni en lo más mínimo al origen de la vida, la causa del Universo, el funcionamiento de la conciencia humana?…

Imaginemos que una religión dijera: “Bien, no vamos a hacer ninguna afirmación acerca de cómo funciona el cerebro, sólo creemos que hay algún componente espiritual en alguna parte”. A primera vista podría parecer que esto resolvería la cuestión. Pero si luego se demostrara que las decisiones morales son tomadas por el cerebro, y que son una cadena de causas y efectos físicos inevitables, como cualquier otro pensamiento… ¿qué significado quedaría para ese “componente espiritual”? De hecho, actualmente todo el campo completo de la neurociencia apunta en esta dirección. Por supuesto que aún quedan muchos misterios por resolver acerca de la mente, pero incluso siendo generosos y suponiendo que el alma puede existir, la moraleja es que es imposible separar la religión del mundo material, y aislarla del impacto de los eventuales descubrimientos científicos.

La ciencia busca la verdad y por eso se basa en hechos, sin importar que las conclusiones resulten reconfortantes o no. Si el resultado de una investigación es que la Tierra queda en un rincón del Universo y no en el pleno centro, entonces queda en un rincón y se acabó la historia. No es relevante a quién eso haga sentirse ofendido, deprimido o desorientado. Lo que se busca es descubrir hechos, no influir emociones. A la religión por el contrario no le interesa que haya o no haya pruebas a favor de la existencia alma, opina que existe sin más. Y si surgieran pruebas en contra, sencillamente diría que esas evidencias están mal, que es un terreno que no le corresponde pisar a la ciencia y que se trata de una falta de respeto a su fe. No le preocupa en lo más mínimo contrastar sus creencias para ver si son ciertas o no, porque lo que busca no es la verdad, asume que ya la tiene desde el comienzo; lo único que le interesa es despertar sentimientos. Por eso, desde el punto de vista del religioso, si en un momento no hay evidencias a su favor, el día de mañana surgirán. Y si hoy hay evidencias en contra, más tarde desaparecerán. Lo único que importa es seguir creyendo lo mismo mas allá de lo que indique el mundo externo, con tal de que esto funcione para hacer sentirlo sentir bien a uno.

En resumen, la diferencia entre la razón y la fe no es que cada una se ocupe de distintos aspectos del Universo. Esa separación entre dimensión espiritual y material es completamente falsa. Tanto la ciencia como la religión explican montones de fenómenos, ya sean materiales, espirituales o de la manera que se los quiera llamar. La cuestión no pasa por el tipo de asuntos estudiados, sino porque la ciencia fundamenta sus explicaciones con evidencias, al contrario de la religión.

El alma puede ser que exista o no, pero no hay ningún motivo para pensar que su existencia o inexistencia no es deducible científicamente, de manera directa o indirecta. Lo mismo con Dios o cualquier otra cosa supuestamente “espiritual”. La religión deja por sentado que la ciencia nunca descubrirá nada que pueda perturbar estas creencias, ya que pertenecen a un cierto terreno especial, pero… ¿acaso este no fue el mismo error que cometió con Darwin, Galileo y tantos otros? En otras palabras, la incompatibilidad entre la ciencia y la religión no es algo que ocurrió simplemente en la historia remota, es algo inevitable. Siempre que ambas convivan en una sociedad van a estar dadas las condiciones para que, ante un descubrimiento inesperado, explote un nuevo conflicto.

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La fe no es una virtud

Dec 25 2010 Published by Jorge A. Berrueta under Ateismo,Capitulo

Si alguien creyera en hadas mágicas, y un buen día se diera cuenta de que el único motivo que tiene para creer en ellas es que esa fe le produce una sensación cálida… ¿cómo podría seguir alegremente creyendo lo mismo? Desde ya, es entendible que por motivos emocionales no le resulte fácil desprenderse de todo de la noche a la mañana, ni tampoco nadie lo obliga. Pero, ¿cómo podría llegar a plantear que es una virtud mantener su fe ciegamente?

La fe no es una virtud, es un defecto. Porque por definición, tener fe significa creer en algo sin un buen motivo racional. En caso contrario, si hubiera una buena razón para creer en tales cosas, entonces no haría falta la fe, se trataría de una opinión normal como cualquier otra. Como diría Miguel de Unamuno, “La fe no es creer lo que no vimos, sino crear lo que no vemos”.

Llegado este punto alguien podría replicar: “Tal vez la fe no tenga una fundamentación racional, pero tiene otro tipo de fundamentación, que son sentimientos profundos nacidos de experiencias personales. No tiene sentido intentar aplicarle las reglas de la razón”. Sin embargo, eso de “basar creencias en sentimientos” no es algo nuevo, y la historia nos ha demostrado una y otra vez la torpeza que implica hacerlo. Nuestros antepasados religiosos tenían el hondo sentimiento de que la Tierra era plana y estaba en el centro del Universo, que era imposible que fuéramos descendientes de primates, que las infecciones eran causadas por posesiones demoníacas y una lista sin fin. En síntesis, los sentimientos nunca fueron buenos para descubrir verdades, lo cierto es que la razón y la investigación científica siempre resultaron mucho más útiles para esto. Claro que esto no significa que tengamos que reprimir nuestras emociones, ni que sean algo necesariamente malo; sin duda tienen muchas funciones biológicas y sociales imprescindibles, pero investigar la realidad no es una de ellas.

Por otra parte, al decir que “no tiene sentido intentar aplicar la razón a la religión” los creyentes ni siquiera son consistentes, ya que ellos mismos no tienen ningún problema en aplicar la razón a todas las demás religiones del mundo, y criticarlas al ver que resultan ridículas aquí o allá desde el punto de vista intelectual. No ven ningún inconveniente en derrumbar con argumentos racionales a Zeus, Afrodita, Thor o Poseidón. No consideran la posibilidad de que tal vez la razón humana no sea aplicable a esos dioses. Únicamente cuando alguien haga lo mismo con su propia religión, se defenderán de inmediato con la excusa de que “las reglas de la razón no son aplicables en mi caso particular”.

Incluso es un concepto errado pensar que la fe está relacionada con cierta fortaleza o valentía espiritual. Pongámoslo metafóricamente: cualquiera es “valiente” si cree que está acompañado de un gigante, pero la verdadera valentía sólo puede medirse cuando se pelea estando solo, cuando hay consciencia de que se corre un peligro real. En vez de enfrentar la fría realidad estoicamente, el religioso se refugia en un manto tibio de creencias, reconfortándose con promesas hermosas de que existe un Dios que lo está acompañando y lo recompensará por todo lo que sufre. ¿Cómo puede considerarse, bajo ningún punto de vista, que hay algún tipo de fortaleza en creer eso?

Se podría argumentar que, justamente, la fe es la que da fuerza. Pero esto es como decir que el alcohol da alegría. No es algo auténtico, es artificial. Un hombre puede tener todo el derecho del mundo a emborracharse, pero no puede jactarse de que el alcohol lo hace realmente feliz. Del mismo modo, el religioso no puede jactarse de que la fe lo hace realmente fuerte. Más bien todo lo contrario; si el creyente fuera fuerte entonces no necesitaría refugiarse en la fe, podría enfrentarse a la realidad tal cual se presenta, al desnudo, sin la ilusión cálida de que está siendo protegido o será recompensado.

Resumiendo todo en pocas palabras, citando a Sigmund Freud, “Sería muy bonito si hubiera un Dios que creó el mundo y una providencia benevolente, y un orden moral en el universo, y vida después de la muerte; pero resulta muy llamativo que todo esto sea exactamente como desearíamos que fuese”.

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El engaño de sentir la presencia de Dios

Dec 24 2010 Published by Jorge A. Berrueta under Capitulo,Religion

Tarde o temprano, como último recurso al quedar entre la espada y la pared, todo creyente sobre la faz de la Tierra replicará lo mismo: “creo en Dios porque siento su presencia en mi interior”.

En principio no hay por qué dudar que el creyente sea totalmente sincero, y que efectivamente siente lo que dice. Pero cambiemos de escenario. Supongamos que alguien se enamora de una hermosa mujer, y comienza a hacer una introspección de los sentimientos que lo están afectando. Imaginemos además que vivimos en la Antigua Roma y que en nuestro entorno social se cree comúnmente en Cupido. En este contexto nos tropezamos con este hombre y nos exclama: “¡Pero claro que Cupido existe! ¡Yo puedo sentir personalmente su influencia en mi interior!”.

¿Cuál es el punto? Que nadie duda de la honestidad del creyente, pero el hecho de que alguien sienta algo no es garantía de que esté interpretando bien la naturaleza de sus sentimientos. Y en efecto, a nadie se le ocurriría hoy en día atribuir un enamoramiento espontáneo a la influencia de Cupido. En la antigüedad científicamente no se sabía nada acerca de las hormonas, así que si de repente uno sentía algo que no podía explicar, era esperable que lo racionalizara tomando lo único que tenía a mano: seres mágicos e invisibles. Y esto es exactamente lo mismo que se hace en el caso de Dios; un creyente siente cierta emoción, y en vez de asumir humildemente que no sabe como explicarla, recurre a la respuesta fácil que le ofrece la religión de su entorno. Si se encuentra en una sociedad cristiana, concluirá que está sintiendo la presencia del Dios cristiano. Si estuviera en una sociedad oriental, pensaría que está sintiendo la presencia de un dios hindú, o tal vez la influencia de una energía mística.

De hecho, pasar por una experiencia de ese estilo ni siquiera tiene nada de llamativo. Si uno crece en un entorno donde se habla constantemente sobre determinado Ser, aceptándolo como algo obvio y natural, sin nunca cuestionarlo, por motivos psicológicos es entendible que tarde o temprano uno termine asumiéndolo como algo real, y que lo utilice como una herramienta para explicar misterios tanto del mundo exterior como del mundo interior. Por ejemplo, los hinduístas realmente pueden sentir que determinadas personas son las reencarnaciones de ciertas otras ya fallecidas. Indígenas religiosos pueden sentir a sus múltiples deidades materializadas en las distintas fuerzas de la naturaleza. Los antiguos griegos, a su vez, sentían a sus respectivos dioses, mientras los egipcios sentían a los suyos. Si alguien cree en fantasmas sentirá su presencia, o si cree en duendes sentirá a esos duendes, y así siguiendo indefinidamente.

El cerebro humano es una máquina compleja de producir ilusiones y sentimientos. Muchas de estas ilusiones son útiles y se corresponden con la realidad, pero otras sencillamente no. Afortunadamente también venimos equipados con la capacidad de filtrar estas percepciones de una manera racional, fría y objetiva, pero no todos la usamos. Muchos, por motivos emocionales, prefieren aferrarse a sus primeras impresiones y ahorrarse el posible disgusto de comprobar que estaban equivocados.

La pregunta que deberían hacerse es muy simple: si las personas de distintas religiones pueden tener sentimientos tan profundos como los de un cristiano, pero por influencia de su cultura están convencidos de que estas sensaciones se deben a seres místicos que en realidad no existen, ¿no podrían los cristianos, del mismo modo, estar confundidos cuando creen estar sintiendo la presencia de Dios?

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