…¿Y si Dios existiera?

En principio, podría suceder perfectamente que los ateos estuviéramos equivocados y Dios existiera. Desde luego no podría existir el clásico Dios cristiano, debido a sus numerosas contradicciones, pero bien podría tratarse de algún otro Ser Superior. Y bien, ¿no deberíamos modificar nuestra conducta, aunque sea por las dudas?…

No.

En primer lugar, porque con la misma lógica, ¿qué pasaría si Odín, o Zeus, o Mitra existieran? ¿Qué sucedería si luego de la muerte nos despertáramos en el inframundo de alguna religión antigua, frente a alguno de esos dioses, quien nos reclamara por no haber creído en él? ¿No deberíamos comportarnos durante esta vida según el agrado de todos ellos, para evitar posibles sorpresas desagradables en el futuro? Naturalmente esto no tiene ningún sentido, e incluso sería imposible de poner en práctica. Uno no puede pasarse la vida especulando sobre las expectativas de infinitos dioses hipotéticos. Incluso algunos de esos supuestos dioses podrían tener deseos opuestos a los de otros, y uno nunca podría satisfacer a todos a la vez.

Pero supongamos que efectivamente hay un dios concreto y que esperara cierto comportamiento de nuestra parte, ya sea el amor al prójimo, una convivencia pacífica, la prohibición de los preservativos, la discriminación hacia ciertas personas o los atentados a las Torres Gemelas. En cualquier caso, él debería tomarse la molestia de explicarnos racionalmente por qué debemos seguir sus consejos. Decir “porque de esa manera te enviaré al Cielo y serás muy feliz”, no es una explicación, es sencillamente un premio por cumplir sus caprichos, o bien una amenaza por desobedecerlos, según cómo se lo mire. Del mismo modo, decir “porque de esa manera me harás feliz y orgulloso, me demostrarás que me amas y me devolverás el favor de haberte creado”, tampoco es una explicación. ¿Para eso nos creó Dios, para satisfacer sus ganas de tener un juguete que se moviera a su gusto? ¿Esa es la altura de su concepto de amor; obedecer órdenes sin cuestionamientos?

Pero profundicemos un poco más. Resulta muy ingenuo pensar que a este Ser Supremo, creador de las imponentes leyes de la física, gobernador de un inabarcable Universo, le vaya a preocupar en absoluto lo que sucede en este insignificante planeta. No sólo porque la fría realidad del mundo lo demuestre claramente, sino también por una cuestión esencial de sentido común. Sencillamente no es creíble que este Amo del Universo pierda el sueño vigilando con quién nos acostamos, en qué circunstancias o en qué posición sexual. Es como imaginar que a la Organización de las Naciones Unidas le fuera a importar lo que hizo un día una cierta célula de un parásito dentro de una hormiga. Completamente ridículo. Y esta desproporción, este desorden absurdo de magnitudes de importancia, no llega ni a los talones de plantear que un Dios va a estar preocupado de lo que hagamos nosotros día a día. De hecho, predicar que somos el centro de atención de semejante Ser es todo lo opuesto de un mensaje de humildad, es la cúspide del egocentrismo psicótico.

En resumen, lo más probable es que Dios no exista. Y si existe, seguramente no está interesado en nosotros. Y si lo está, no podemos estar seguros de cuál comportamiento espera de nosotros, habiendo tantas religiones con supuestos mensajes suyos tan variados y contradictorios. Pero incluso si existiera una sóla religión, un sólo mensaje, y supiéramos a ciencia cierta que viene de un dios, aún así no habría por qué hacerle caso. Uno debe hacer lo que le parece que es correcto, sin importar lo que diga nadie, ni siquiera un Dios. Si uno piensa, por el contrario, que lo correcto es cualquier cosa que diga Dios, sólo por el hecho de que él lo dice, entonces estamos perdidos. Esa manera de pensar es la que ha justificado innumerables atrocidades en la historia. No hace falta que nos explayemos sobre la discriminación hacia las mujeres, los homosexuales, las hogueras de la inquisición, las masacres de la conquista de América, la condena a descubrimientos científicos, y un larguísimo etcétera. Como la experiencia bien lo demuestra, una misma religión puede promover, basándose en complejas explicaciones teológicas, tanto el amor al prójimo como el odio y el racismo más extremos. Ese es el peligro de pensar que nosotros no somos nadie para decidir qué es lo moral o inmoral, sino que cualquier cosa que diga Dios será lo correcto y que no tenemos derecho a debatirlo.

Pero la moraleja de la historia no es que todos los cristianos, musulmanes o judíos sean monstruos insaciables sedientos de sangre, ni mucho menos. Por supuesto que hay gente buena en todas partes. Y del mismo modo que hay gente que piensa que Dios le ordena hacer cosas antiéticas, también hay gente que cree que Dios le ordena hacer cosas éticas. Aunque claro, todos están convencidos de que son santos desde su propio punto de vista, y ese es justamente el problema. Pero más allá de esto, la cuestión es que los ateos no somos ni más ni menos morales que ellos. La religión no trajo ningún mensaje al mundo que no existiera previamente, el ser humano ya sabía amar y odiar antes de que ninguna religión se lo enseñara, y por eso los ateos podemos amarnos y odiarnos igual que lo hacen los creyentes. La única diferencia es que nosotros no podemos usar la fe como excusa cuando hacemos algo malo, ni tampoco la necesitamos como incentivo para hacer algo bueno.